Hubo un tiempo, mucho, mucho tiempo, en el que los hombres estaban a la gresca por cuestiones de las suyas y eligieron llevar sus peleas y riñas hasta las tierras de Acebo.
A los hombres les gustaba venir a guerrear aquí. Acebo tenía todo lo que era necesario para un escenario bélico: Montañas, ríos, cuevas y grandes bosques de castaños y robles.
Tal era el escándalo, la destrucción y los daños que provocaban todos los días, que un mago que vivía en un pequeño chajurdón con su peculiar tejado tibetano a los pies de Jálama,

decidió zanjar estos enfrentamientos de una vez por todas. Pensó y pensó cuál podía ser el mejor escarmiento que podía dar a estos seres que constantemente talaban e incendiaban los bosques, contaminaban los ríos y arrancaban las piedras para arrojárselas unos a otros.
Por fin encontró la respuesta durante una de las noches que le tocó dormir en la cotorina de Jálama mientras contemplaba como destruían el bosque de robles que se encontraba al lado de su chajurdón y donde acudía habitualmente para recoger raíces y plantas medicinales.
Al alba decidió sorprender a uno de los ejércitos en una de las orillas del río Jevero. Los contendientes no le hicieron esperar demasiado, llegaron temprano y comandados por un par de jefes que vestían con una armadura negra y con sendos yelmos naranjas; la tropa vestía un uniforme verde fosforito con unas ligeras manchas negras. Antes de cruzar decidieron descansar un poco y dar de beber a sus caballos, en ese momento y de una manera súbita se les apareció el mago quien les exigió que dejaran de luchar en estas tierras y de destruir su paisaje. Pero ante esa advertencia los señores de la guerra que mandaban a este ejército dieron orden de atacarle por lo que el mago se vio en la necesidad de hacer uso de sus conocimientos mágicos. Y entre destellos de luces y fuertes explosiones que abrían grandes boquetes en las piedras, los cuáles aún hoy día se conservan.

Redujo a este maléfico ejército a la mínima expresión. Quedando sus jefes desarmados con un grupo de soldados mal heridos que se arrastraban como podían por el suelo.
El castigo sería el siguiente a los jefes decidió convertirlos en pájaros de color negro y con el pico naranja y para poder comer tendrían que suplicarle los alimentos a otros seres humanos.

A los soldados les daría la forma de lagartos de agua y para poder alimentarse tendrían que cazar los insectos que revoloteaban en la orilla del río.

Y al más sanguinario de éstos lo convirtió en una piedra con forma de calavera que quedaría rodeada de agua toda su vida en el lecho del río.

Pero no había acabado ahí la tarea de nuestro mago pues le faltaba los miembros del ejército rival que habían acampado cerca de donde nace Jevero, en las Vegas, y en el poco tiempo que llevaban allí habían comenzado a envenenar el río para que sus contrincantes no pudiesen beber, además de talar un bosque entero de castaños para construir una empalizada.
Llegó justo en el momento en el que estaban almorzando después del agotador esfuerzo destructor que habían llevado a cabo. Actuó igual que con los otros y les advirtió de igual manera, pero esta vez una parte de la tropa hizo caso al mago y abandonaron las armas, huyendo a toda prisa. Pero el jefe que mandaba la tropa y que vestía una armadura negra con manchas naranjas y un yelmo con unos afilados dientes metálicos le hizo frente, junto con aquél otro al que le encantaba incendiar los bosques.
El mago comprendió que no le quedaba más remedio que volver a hacer uso de sus artes mágicas y después de un duro enfrentamiento al caballero de la armadura negra moteada de color naranja consiguió convertirlo en una trucha; condenándolo a vivir entre las aguas gélidas, de los más profundo, del antiguo pantano que se encuentra en la Cervigona.

Cuando el otro vio lo que el mago había hecho con su señor emprendió una huida desesperada; pero el mago no estaba dispuesto a que ese pirómano saliese indemne después del daño que había ocasionado a su preciado bosque, por eso cuando le alcanzó a la altura del Linar, cerca de donde estaba su chajurdón, lo convirtió en un árbol; pero no en un árbol normal, ya que el resto de los árboles no se merecían que los confundiesen con este ser, que en adelante sería mitad hombre y mitad árbol, por ello decidió que para distinguirlo nada mejor que tuviese un color azul.

Y desde entonces en las tierras de Acebo reina la paz, e incluso hay algunos vecinos que dicen haber visto a nuestro mago protector en esas noches cálidas del verano, cuando se sienta en la entrada de su chajurdón para tomar el fresco de la noche y poder contemplar las estrellas y la luna en paz y armonía.
AUTOR:
JESÚS C. RODRÍGUEZ ARROYO
MADRID 17-11-2005