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Jalama

El otro día subí a la “cotorina” de Jálama, hogar de los Dioses Extremeños que reclaman nuestra presencia durante todo el año; como si de un tributo a la Madre Tierra se tratase.

Era magnífico el poder sentir el viento masajeando mi cara y poder viajar con la vista desde estas alturas tanto a las lejanas tierras de Portugal, como a las siempre cultas tierras Charras, o a las extensas vegas Corianas.

Este placer, del que sólo disfrutan unos pocos, ya lo apreciaron los antiguos cuando desde el histórico Castillo de Jálama, cuyas ruinas se encuentran a mis pies, podían otear un horizonte en el que se desdibujaba la silueta de otras imponentes fortalezas, Torre Almenara, San Juan de Máscoras, Castillo de Trevejo, y desde las cuales los hombres del medioevo intentaron defender y extender sus creencias religiosas.

Además en esa cumbre se puede contemplar la caprichosa decisión de la naturaleza a la hora de colocar esas “Rocas Caballeras” que alivian los picores a un cielo primaveral.

O esa vegetación endémica que dibuja pequeños tapices intercalados por masas graníticas que se muestran guardianas de los tesoros que se esconden en el interior de esta gran elevación.

Jálama es la que se encarga de atrapar esas nubes atlánticas que sirven para proveer a estas tierras de ese líquido elemento tan necesario para que germinen las cosechas de aquellos productos que, posteriormente, se convertirán en los manjares que degustaremos en nuestras mesas. Pero también es la encargada de retener las nieves invernales, que convenientemente almacenadas por los hombres en la Nevera de Jálama- peculiar construcción octogonal de imponentes sillares de granito embutida en el suelo sirven para aliviar las gargantas resecadas durante la siega.

Esta gran elevación extremeña irradia una energía especial a todo su alrededor que hace que este pequeño rincón extremeño brille de una manera especial; tanto durante la luz crepuscular, como durante el perezoso ocaso estival.